A propósito de musas, inspiración e Irene Cruz

El itinerario común de las musas suele invitar al quietud y a la calma, como ejercicio pasivo, fantástico y ciclónico del arrebato creativo.
Alguien decía que, el encuentro con esas divinidades homéricas, partía de evitar fortuitos y casualidades románticas en la mayor parte de los casos o de saber que, el combustible de la reacción artística, germina de una descarga tan imaginaria como meditada: un guiño ocular que responde a las clásicas crónicas de la metodología, del impulso, del carácter privativo y del conocimiento, sin que sea necesario nacer bajo el signo de Saturno o tener que revisar el curioso historial patológico de Hugo van der Goes -considerado el primer artista loco según la historiografía, a medio camino entre el frenesí del juicio y la melancolía espiritual: dos elementos de cierta solidez subjetiva si queremos hacer arqueología entre deidades-.

Las musas nos amparan desde que se constituyó su genealogía mitológica. Una que reúne a tres señaladas por Pausanias y nueve bautizadas por Hesíodo y Plutarco, siendo de alguna manera reconocidas a partir de entonces.
Esta concepción platónica de los hechos -que sin tomar aire se visten de inspiración- aparece como estándar paralizante de un modo ver. Un enemigo poliédrico que atenta contra la hegemonía del individualismo y que evidencia la necesidad de dos o más direcciones, donde la catálisis artística es curtida por otros ojos y donde la batuta desaparece bajo un mágico e inesperado auxilio.

Edward Hirsch, en su obra “The Demon and the Angel: Searching for the source of Artistic Inspiration”, repara en las sospechas de Carl Jung sobre la iluminación creativa, insistiendo disimuladamente en su sentido romántico y sugiriendo que un artista es alguien que se ha conectado a algo impersonal y ambiguo: algo extrínsecamente a la experiencia individual. Por eso, el artista con memoria racial, es el más idóneo para sentir y expresar el conflicto entre sombras remotas y la erudición del ego, codificando de alguna manera los distintos arquetipos de la percepción.
Arquetipos que pueden intervenir en ilusión y deseo ya que, si hablamos de musas, hablamos de motivaciones (o por lo menos de motivos) redundando en el tonelaje del salto, en la estática inmersiva, en la proximidad floreciente de un mundo fértil y nomológico donde, los paseantes que buscan bañarse forestalmente -esos que con vocación de flâneur hilvanan caligramas de verticalidad, parsimonia y efecto-, son capaces de dilatar el espectro más allá del cromático.

Para hablar de la musas tenemos a Irene Cruz: fotógrafa versada en metáforas cuya retina tiene la licencia de detener la serenidad, buscando un aliento que no se entrecorta porque fluye como sus musas, modelos y tímidos sujetos, disfrazando sus cuerpos con grietas botánicas, de celeridad madrigal y nostálgica, de esa pulsión voluble filtrada por un quimérico ocaso de la luz, la temperatura y el color.
Su registro exploratorio se antoja más entusiasta, menos supuesto, esterilizado y apócrifo, donde el vector del paseante puede dirigirse al tropo visual de la soledad y la indolencia, del preciosismo focal y de unas taxativas elucubraciones que acaban encapsuladas bajo el poder del ahora.

El preciso y poderoso contacto a la sensación de aislamiento ha sido parte de la leyenda personal que, la madrileña afincada en Berlín, nos ha ofrecido en trabajos anteriores. Las series “Stimmung”, “Waldeinsamkeit” o “Lieber Giest”, hilvanan una vertebración lógica entre el paisaje emocional, estar solo en el bosque y, como citaba en otras líneas, el espectralismo silencioso y sus consecuentes subterfugios paranormales.
Esas fotografías y piezas exquisitas de vídeo -entiéndanse como derivación encadenada del lapso temporal- son un homenaje a la belleza de la desnudez desde su propia epidermis (en segundo término), la perpetuación y éxtasis de la naturaleza que ahora, bajo el hospedaje floral del síndrome de Briquet, se transforman en talismanes de corteza platónica (en primer término).

Cuando ellas (las musas) son protagonistas, entonces surge el milagro y la pátina de aquel tiempo. Hora bañada de un azulado gris cobalto, un extinto parque de atracciones denominado Spreepark, éter gravitatorio, miradas inexistentes, hibridación de piel y hojarasca, arquitecturas apegadas a la oxidación o vapor en ese sedoso vestido estampado: son las explícitas valoraciones de la arquitectura performativa, de la inspiración y del agraciado dejarse transitar.
Hemos de tener en cuenta que el anonimato es una tangente que recae sobre el diván del autodiagnóstico. Si la biografía propia acaba soslayando unos rostros que no aparecen, puede que la neutralidad del cuerpo sea el perfecto receptáculo para diferenciar la hipertermia de la intimidad e incluso del ostracismo.

Lo intenté poner en manifiesto en el texto “Daniel Muñoz y sus 39 deseos”, intentando indagar sobre la palpitación de los signos o cuando algo significa algo para alguien a modo de lucidez: “Una inspiración natural autobiográfica, me recuerda particularmente el tipo de simulacro kantiano que se describe en los esquemas trascendentales, como puede reseñar Henry E. Allison en su libro “El idealismo transcendental de Kant: una interpretación y defensa”. Aunque para Charles Sanders Peirce -considerado el fundador del pragmatismo y el padre de la semiótica moderna- se trata de un tipo de imaginación creadora, que lucha por poner en la existencia algo que todavía no es, es decir, una imaginación que tiene en su esencia el sello de cualquier divinidad insigne o de cualquier falacia que tiene urgencia de dar una explicación más allá del yo: ese microcosmos caprichoso”.

“Esos árboles no me dejan ver el bosque”, apuntan por ahí. Tal vez, nos tropezamos con esa clásica dicotomía de querer “perpetuar la inmensidad del entorno de un artista”, siendo más o menos sostenible con nuestro medio emocional como señala el amigo invisible de Irene Cruz, Christian Alan Chávez Plascencia, en un figurado vademécum de perspicacia y astucia, que se declara obligatorio para la conquista del ingenio.

Asimismo, Goethe anotaba que la inspiración era trabajar todos los días -no por ello vamos a mermar la importancia de la casualidad preventiva del acto- porque, si de sistemática tiramos, los artistas han de ser los que diagonalmente se muevan más rápido, con o sin musas, invirtiendo el acto sibilino de abastecimiento creativo (siempre he pensado que no son las musas quienes nos hablan, es al revés aunque suene patológico), huyendo de esa agonizante retórica posmoderna que nos sitúa una y otra vez en el mismo callejón sin salida o, simplemente, haciendo acopio de inspiración: escuchar una imagen, mirar el ruido, respirar musas y degustar la presión atmosférica.

Texto escrito por Marcos Fernández para 21 Le Mag en el año 2017.

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